Marcos Jorge Verón: Hijo del Río Uruguay, forjador de ladrillos y sueños

Descripción: Biografía de Marcos J. Verón (1928-2009): de Pueblo Liebig a la industria cerámica, unión familiar, literatura y memoria.

Biografía de Marcos J. Verón (1928-2009): de Pueblo Liebig a la industria cerámica, unión familiar, literatura y memoria.

Marcos Jorge Verón: Hijo del Río Uruguay, forjador de ladrillos y sueños

Crónica de una vida entre el limo, la máquina y la memoria

1. Raíces en el río Uruguay

En el distrito Segundo del Departamento Colón, Provincia de Entre Ríos, el 25 de abril de 1928 nació Marcos Jorge Verón, fruto del amor entre Catalina Ferrando —nieta de Louis Ferrando y María Odone— y Paulino Verón, cuyo linaje paterno honraba a la abuela Felicia Verón. Hijo menor de nueve hermanos —Luis, José, Chepa, María, Vichi, Dorila, Ana María y Carlos Raymundo—, Marcos creció en el corazón de Pueblo Liebig, un rincón donde el río Uruguay no solo besa la tierra, sino que la narra. Este pueblo, nacido al ritmo del frigorífico de la inglesa Liebig Extract of Meat Company —industria que brotó del genio químico de Justus von Liebig—, fue hasta 1975 un feudo privado: un mundo de obreros unidos por el humo de las calderas y el aroma denso del extracto de carne. Allí, en la escuela Nº 16 «Hipólito Vieytes» (fundada en 1908), única luz del saber para generaciones, Marcos absorbió las primeras letras mientras el pueblo latía como un corazón colectivo, al compás del agua y del trabajo.

La infancia de Marcos fue un himno a la audacia entrerriana, donde la pobreza no empobreció el alma, sino que tejió lazos indestructibles, arraigados como las raíces del sauce en la ribera. Recordaba con ojos brillantes cómo, junto a sus hermanos, desafiaban corrientes y remolinos para alcanzar un islote cercano; cómo ahuyentaban a las avispas lechiguanas con el humo tenue de ramas secas, para cosechar su miel dorada —botín dulce que compartían en fogones comunales, bajo un cielo estrellado que parecía cómplice—. Esos rituales no solo forjaban cuerpos fuertes, sino un sentido de pertenencia que el corazón guarda como faro en la memoria. Liebig era metáfora viva de la solidaridad obrera: antídoto contra la soledad del exilio futuro, recordatorio eterno de que las comunidades rurales convierten la escasez en epopeya colectiva.

2. Juventud y formación

Entre los 17 y 18 años, la vida lo impulsó hacia Buenos Aires en busca de trabajo, dejando atrás el río por los suburbios porteños. Vivió en una pensión humilde en Belgrano, compartiendo sueños con extraños, mientras la ciudad desplegaba ante él sus luces y sus sombras. En 1946, a los 18 años, cumplió el Enrolamiento Obligatorio vía libreta. Recibió el alta en el Ejército el 3 de enero de 1949 y, tras completar el período de instrucción hasta el ejercicio final, obtuvo la baja en septiembre del mismo año, quedando registrado como reservista (DNI Nº 4.231.516).

De los salesianos aprendió electricidad y electrónica temprana —válvulas que encendían maravillas—, colchonería en artes y oficios, y el ajedrez como bálsamo del alma: tablero de paciencia, escuela de estrategia, refugio de silencio.

Por esa misma época, su hermano Carlos Raymundo —dos años mayor que él— también migró a Buenos Aires. Carlos se dedicó a la construcción y aprendió el oficio de albañil. Adquirió un lote en Alto Perú Nº 2020, en Beccar, partido de San Isidro, donde comenzó a levantar una vivienda a la que llamaron «El Palacio». El 11 de febrero de 1956, Carlos se casó con Magdalena Kilty, y el 12 de febrero de 1957 nació su hijo Juan Carlos.

Marcos dejó la pensión y se fue a vivir con su hermano a «El Palacio». Ya instalado en Beccar y mientras trabajaba en la fábrica, cultivó un círculo entrañable de amigos. Se reunían a bailar tango con pasión felina, lo cantaban en noches de asado y amistad, bajo la luna que parecía escuchar. Era un lector voraz de Borges —cuyos laberintos espejeaban su vida—, de Agatha Christie y de legiones literarias. Aún guardo sus libros, testigos mudos de un espíritu que devoraba mundos; los sostengo hoy como quien sostiene brasas de un fuego que no se apaga. Su vida bullía de amigos; un tapiz humano, red vital de apoyo, hilos de confianza tejidos en la trama de lo cotidiano.

En julio de 1958, a los 30 años, Marcos compró su propio terreno en Beccar, Cuartel Séptimo, al Sr. Héctor Fontana, representado por la empresa de administración de propiedades Petrelli & Cía., por 20.000 pesos en moneda nacional. Tiempo después, lo cedió temporalmente a una de sus sobrinas para que viviera allí con su familia; cuando regresaron a Entre Ríos, Marcos vendió la propiedad.

Cinzano, en la década de 1960, adquirió un campo sobre la ruta 202 kilómetro 15, entre puerta 6 y puerta 4, frente a Campo de Mayo, con la intención de trasladar allí su planta ubicada en Capital Federal. Carlos trabajaba en dicha planta, a través de una contratista, haciendo tareas de mantenimiento. Le ofrecieron mudarse al predio como casero y encargado, y él aceptó. Vivió allí durante más de una década. La nueva ley vitivinícola obligó a embotellar en origen, por ello el proyecto de traslado de la fábrica se canceló y el predio quedó como un campo de deportes para los empleados.

Marcos conoció a Martha Elvira Schenone —mi madre—, por intermedio de una prima de ella. Durante el noviazgo, visitaban juntos a Carlos en el campo y compartían tardes de asado y charlas, de risas que se enredaban con el humo de la leña. Con los años, esas visitas se convirtieron en un puente entre la vida que Marcos empezaba a construir y los afectos que ya tenía.

El 3 de julio de 1969 falleció Magdalena. Tiempo después, Carlos contraería nuevas nupcias con María y se mudaría con su nueva familia —María y sus hijas Mónica y Marta— y su hijo, Juan Carlos, a Moreno. Mientras tanto, Marcos se quedó en Beccar, donde formaría su propia familia.

3. El forjador de ladrillos

El 22 de febrero de 1954, a los 25, ingresó a Fontana & Luchetti S.A., fabricantes de ladrillos. Allí domó la primera máquina automática de cerámica, importada de Italia: un coloso electromecánico sin PLC (aún lejano, post-1968), con contactores que pulsaban como corazones industriales, llaves rotativas que giraban con precisión de relojero, temporizadores neumáticos que marcaban el compás del barro, y sensores de presión hidráulica que compactaban arcilla sin burbujas. Entrenado por técnicos italianos —lectura de diagramas, seguridad trifásica, pruebas prácticas—, Marcos se convirtió en guardián de esa bestia, símbolo de su travesía: del limo fértil del Uruguay al barro cocido de la industria, donde sus manos, curtidas por el río y el trabajo, transformaban tierra en hogar.

Con esa máquina, Marcos no solo dominó un hito tecnológico de la época; encarnó la transición del artesano al técnico especializado, en un país que empezaba a latir al compás de las fábricas. Cada ladrillo que salía perfecto llevaba la firma invisible de su dedicación: no una marca, sino una promesa —la de que lo bien hecho perdura, la de que el esfuerzo se convierte en cimiento.

4. Familia, valores y resistencia

Martha y Marcos contrajeron matrimonio el 16 de noviembre de 1967. El 8 de octubre de 1968, en el partido de San Isidro, nací yo, Jorge. Tres años más tarde, en 1970, nos mudamos los tres a Villa Ballester; allí armó un nuevo nido de risas, lecturas, ajedrez y tangos, compartido con los abuelos maternos, Juan (Giovanni) Schenone y Elvira Robello. En ese hogar inculcó honestidad, esfuerzo, trabajo y estudio como únicos caminos para tejer destinos firmes; recibiendo siempre con bondad a los sobrinos que llegaban a Buenos Aires en busca de oportunidades: les abría su puerta, les daba hospedaje y financiaba parte de sus gastos, extendiendo el abrazo a las nuevas generaciones de Pueblo Liebig. Su casa no era solo un techo; era un refugio, una escuela de vida, un faro encendido para quienes navegaban en busca de rumbo.

En el año 2000, a los 72, lejos de doblegarse ante la «emergencia» política que devoró ahorros —un acto de inmoralidad que hería el sentido elemental de justicia—, interpuso una acción judicial por nuestro derecho de propiedad. Luchó hasta el final, sin sentencia definitiva; pero su lucha no fue en vano: nos legó la certeza de que la dignidad no se negocia, de que la memoria es también un acto de resistencia.

5. Legado y memoria viva

Falleció el 14 de agosto de 2009, a los 81 años, habiendo sembrado bondad, amistad y respeto en cada persona que lo conoció. En su partida, Pueblo Liebig y el río Uruguay susurran que detrás de cada persona hay islas de miel en la infancia, manos tendidas en la adversidad, coraje que late en cada recuerdo compartido —eco cálido que aún nos abraza, puente entre tiempos, semilla que germina en quienes seguimos su estela.

Hoy, sus libros, sus partidas de ajedrez imaginarias y el zumbido lejano de aquella máquina italiana conforman un patrimonio intangible que dialoga con quienes seguimos su camino. Porque los hombres como Marcos no mueren del todo: se transforman en relatos, en enseñanzas, en presencia silenciosa que acompaña. Y cuando el río Uruguay besa la ribera de Liebig, parece decirnos que la vida, bien vivida, no termina: se convierte en corriente que alimenta otras vidas.

📚 Enlaces de interés

Compromiso con la memoria y la excelencia narrativa.

Artículos relacionados
Inicio