La cota del tanque
Descripción: Relato breve ambientado en una quinta argentina de principios del siglo XX. Una adolescente descubre la traición del socio de su padre y ...
Relato breve ambientado en una quinta argentina de principios del siglo XX. Una adolescente descubre la traición del socio de su padre y debe decidir entre revelar la verdad o proteger la infancia de su hermana.
La cota del tanque
Relato de Jorge Verón Schenone
Inicio
Juana bajó la mano del hierro cuando escuchó a Elvira gritar desde el estanque. Pero no miró hacia abajo. Miró hacia la casa, hacia la ventana abierta de la galería, donde sobre la mesa de roble aún estaban los papeles que Don Héctor había firmado, con la misma mano con la que brindaba en cada cosecha.
Abajo, la quinta de su padre se desplegaba en tres hectáreas de un verde casi negro. Desde la plataforma de madera, a cuatro metros del suelo, el silbato del tren hacia Tigre cortaba el aire al norte; al sur, el polvo del Camino Real se alzaba tras el camión Ford 28, que ya volvía del Mercado Central con la caja vacía.
A un costado de los pilares de quebracho que sostenían el cilindro de chapa, se abría el estanque. El caño de desagüe del tanque goteaba allí, manteniendo el agua fresca y oxigenada. Su hermana Elvira, embarrada hasta las rodillas, escarbaba en la orilla. A sus doce años, Elvira aún creía que los peces entendían el idioma de los secretos. Les hablaba en susurros mientras les arrojaba migas, fascinada por el destello naranja de las carpas doradas que subían a la superficie, mostrando sus vientres brillantes como monedas de cobre.
Desarrollo
Más allá del monte de eucaliptos, el ecosistema de la quinta rugía con su propia cadencia. Cerca de los cajones de compost, los chanchos criollos —rosados, de lomos anchos— hozaban los restos de acelga. En un rincón sombreado del chiquero, los lechones más pequeños mamaban de trapos embebidos en leche tibia, atados a cadenas cortas ancladas a un poste para que, en su desesperación, no los arrastraran al barro. Junto a la casa, Panchín y Marcelo corrían levantando polvo, esquivando a las gallinas Rhode Island, de plumaje color caoba, y a las Plymouth Rock, que desde lejos parecían grises por el barrado de sus plumas. En el centro del corral, un gallo criollo de pecho negro y hoces verdosas vigilaba con arrogancia, cantando a destiempo. Siete hijos. Siete razones por las que Don Pancho se levantaba antes del alba y volvía con las manos agrietadas por el mango de la azada y el frío. Nino, Chiquita y Anita jugaban a las escondidas entre las hileras de maíz, sus voces agudas rebotando contra el muro de ladrillo del galpón donde en invierno colgaban los salames.
—¡Juana! —gritó Elvira, tapándose los ojos del resplandor—. ¡Hay uno nuevo! No es dorado. Es color bronce, casi del color del barro del fondo.
Juana no respondió de inmediato. Recordó los papeles. La firma de Don Héctor, el socio de toda la vida, el hombre que comía en su mesa los domingos y le palmeaba la espalda a Don Pancho llamándolo "hermano". Los números rojos, las deudas inventadas, las facturas falsas de semillas que nunca se compraron y la maquinaria que nunca llegó a la quinta.
Recordó a su padre sentado, con la cabeza entre las manos, mientras Don Héctor le explicaba con voz suave y ojos esquivos que la única salida era vender. Tres hectáreas de tierra negra, de surcos cuidados durante veinte años. De los chorizos y las morcillas que la abuela les enseñaba a embutir con las manos manchadas de grasa y pimentón el día de la matanza, de los salames curándose en la sombra y de madrugadas con mate amargo. Todo a cambio de saldar una deuda que Don Pancho nunca había contraído.
—Bajá, vení a verlo —insistió Elvira, salpicando agua sobre sus alpargatas.
Juana apoyó la mano en la escalera de hierro. El olor a tierra mojada y a heno subía con el calor de la tarde. Podría bajar, arrodillarse en el barro junto a su hermana y decirle que esa carpa oscura era el último rey de un reino a punto de ser desmantelado. Podría explicarle que Don Héctor había clavado un puñal en la espalda de su padre, con la misma mano con la que les traía caramelos de menta los domingos. Podría contarle que pronto vendrían hombres con teodolitos para medir los lotes, que los eucaliptos caerían, que el estanque sería tapado con escombros y que sobre los cuadros de remolacha levantarían paredes de ladrillo.
Pero miró a Panchín tropezando con sus propios pies mientras perseguía al gallo, escuchó la risa cristalina de Anita gritando "¡no vale espiar!", y vio la nuca sudada de Elvira, inclinada sobre el agua como si el mundo entero se redujera a ese estanque y a ese pez de bronce.
Final
Juana soltó el hierro y empezó a descender, peldaño a peldaño.
—Ya voy —dijo, posando la mano en el hombro de su hermana—. Dejale otra miga, que debe tener hambre.
Y no dijo nada más.
Relato inédito. Proyecto WWW, 2026.